Ella me acoge cuando todos los caminos están hundidos en las pisadas de los búfalos que van a morir cuando llegue el alba.
He mentido al fuego por vivirla brazo ortopédico de ti. Pero cuando hacía frío y centelleaba en los callejones lo que ya no podía sucumbir ni unirse al amor de nadie, era ella la que recomponía mis huesos de zinc y amamantaba lobos en la grieta que me daba la palabra. Es su vieja pesadilla la que hoy es mi esperanza. Su negativa, su jamás, su herida de muerte, hoy colma en mi piel la noche estrellada.
Cruzarán los sanatorios arlequines que no saben qué hacer con las manos, mientras tú yaces entre ruinas los territorios que mi cuerpo enterró contigo en la nieve.
Mentiré todavía la lágrima de la tiza entre tambores de mezcal y despedida.
Mientra ella levanta mi reino, dolerá el pájaro abandonado del monzón entre las cubiertas del aullido. Era desesperado tu beso en los velorios. La naranja sangraba su piel en tu mesa cuando hambrientas golondrinas trasladaban la tierra de esa tumba al hueco del viento.
Hoy viajo hacia el interior de un grito de magma que penetra en mi ausencia la canción de alambre del monstruo que siempre lo supo. Todo empujó para llegar justo aquí. No te arrepientas de las casas destruidas. Tuvieron que suicidarse los poemas para que ella avanzara en nosotras. Aunque no vea el camino, su hueso de éter señala el universo en ese agujero que se abre desde los escombros como mi alud.
Hay que dejar morir los rostros que movieron el tiovivo. Los fractales de la acuarela saben doblar las campanas y abrir la mar. Te doy de alimento al chopo que nos sostuvo. No lo hago con rencor ni con prosa, ni sólo con desolación. Es muy sutil el beso del difunto explicándole la suerte de la muerte a los perros. Los cascajos erran tu gota de sangre. También fui la impostora que hoy cargo con la dialéctica de los dados y la pelota-pared de una pregunta anémica de un final.
Sólo ella estuvo siempre conmigo. Hoy te aleja, los aleja a todos. Me lleva a su reino de árboles y gigantes que sobre los espectros del helio deambulan los extrarradios del verso que nunca se deja tocar. Es mi fortuna el desgarro del velorio. Gano en el fracaso una guitarra que guía las noches sin mundo.