Ardidos

He maltratado el instinto de loba estos años junto a Yos y las tabernas de hilachos de fuego y hambre. Venía cavernícola del aliento de la roca en las pinturas de los dinosaurios. Venía muy sola junto a todas las soledades. Confundí el amor con cualquier mancha que crujía en mis pasos. Fue en el viaje del éter, entre las grúas de la aurora boreal y la inexistencia. Mi amor fue desolándose mientras lo moraba junto a él. Mis sueños se conformaron con las canciones de la ruina. Nunca pidieron nada, porque Monstruo se marchaba solo para hablar con la luna, contaba con un verso no escrito y una tierra no llegada. Fui madre de todos los demonios. Fui cabaretista de todos los instintos. Raposa de cualquier guitarra que arañara mi desolación. Pero ahora ya no quiero las sombras de nadie. Prefiero la soledad, el frío, la nada, a unir mi paso a otro, a manchar el país de nunca jamás con clavos ardiendo que temen las grutas de la muerte. Vuelvo a mi caverna. No lo haré con rencor, pero tampoco con armisticios. Loba siempre dejó su cuerpo tras mis sombras. Me acechó en lo que escribí, en lo que congelado quemó mi boca hacia la palabra. Tras todos esos cadáveres de herida ajena hundida en mis huesos. Ya no quiero tratos con nadie. Quemaré mi hambre junto a los lobos y no junto a los hombres. En la efervescencia de lo que vuela hacia dentro y no en la superficie. 

Monstruo era un prejuicio. Me hacía autista, tiovivo de etanol, payasa de la ceniza y el absenta, puta de todo lo que cantara. Vagabunda del poema, harapienta del amor inalcanzable. Traicioné a loba porque quería un hogar entre los hombres, porque anhelaba lo que no tuve ni tendré jamás. Soñaba una explosión que acabara al fin con la tragedia de Monstruo. Quería erradicarlo de mi extrarradio en el amor de otro cuerpo. Pero Monstruo nunca hizo tratos con los humanos. Su agujero de dinamita me invocó las noches del espanto una y otra vez hacia el monte de nadie. No quise oír cuando esos dedos me daban el orgasmo, cuando ese vino empiojaba a mis perros con astros y alaridos de vagabundos, cuando esa risa le daba una flor de papel a mi niña perdida. Cuando mi corazón hambriento quería un canto amigo. Pero ninguno de ellos tocó mi alma. Sólo tocaron la ginebra y los tambores del teatro. Sólo me hicieron dramaturga. Sólo me dieron socavones. Todos ellos vagaban hambrientos su agujero de nacimiento. Querían narcóticos. Querían un razón cuando no quedaba ninguna. La buscaban entre soma en lugar de cavar adentro junto a la inexistencia. Mancharon con su hambre al amor de mis perros. Y al amarlos todavía, Tigre me abandonó. Perdí mi furia. Perdí mi hogar.

Hoy me alegro de que doblen las campanas para no dejar nada en pie. Quiero mi hambre en los ojos abiertos de Monstruo y no entre los humanos. Mis moratones escribirán hacia la caverna la anchura del mar. Vuelvo a desandarlo todo hacia el agujero del árbol. Loba siempre estuvo aquí, tras los tímpanos sangrantes del carámbano, tras la cruel verdad del infierno, en el sostén de mi desolación, en la lágrima de Fauno, en el hueco incendiario que bebí de sus besos, en la nostalgia alienígena que me hacía estar sola todos los universos.

Prostituí mi palabra por desear el amor de los humanos. Hoy vuelvo con Loba y no daré ni un paso atrás.