Ardidos

 No junté alfileres y corazones. Ni fechas con promesas. Ni mi nombre a una nómina ni a una hipoteca ni a una lista de espera. 
Ni mi casa a la tierra. Ni mi agujero a ti.

Si todo salió tan mal. Era que el chingo nos reservaba algo mucho mejor.

Tenías que irte. No importa si aplastado como un mosquito en el cristal o como el palo mayor hacia lo innombrable.

Si todo se fue por la borda, era porque había que hacer sitio para el ron y la galerna.
Si sólo quedó pis de perro, un agravio y una habitación hecha una zorrera que tuvimos que realquilar a las ratas fue porque el sol nos buscaba sobre el minotauro y era necesario tener la redada de un cadáver para bailar más alto e ir más deprisa.

Si hoy tengo que sacar tu basura y cargarla sobre un ataúd, valdrá la canción, cuando tu podredumbre levante el vino en medio de la nada.

Si me enredo con un marcapáginas y lloro un pájaro tísico y un nudo gordiano por ti, será sólo una artimaña del cabaret empujando mi butaca al fuego.

Necesitaba tu cadáver como la bola china de mis destino preñándome la humedad. Tan cierto en los despojos. Tan leal en lo devastado. Tan insolvente de mi cuerpo. Tan proscrito de todo lo mío. Que al fin, tú.