Ardidos

La metáfora tiene que hacer poso. Chocar en lo inasible, metamorfosear los hechos en el golpe que se quedo aullando en los callejones cuando nadie sabía volver. Sólo era cierta la mirada de un perro que me esperaba bajo la lluvia. Tenía frio entre tus brazos. Soplaba una carretera que a tientas mordía los colmillos del mar en un salto al vacío inevitable. No importaba demasiado lo que atrás escarbaría en la inexistencia. Ya ningún lugar era mi casa. Estaba cansada para escribir una canción. Los adoquines sangraban en el sonido de esos pasos que traían un recuerdo inhabitable bajo el suicidio del unicornio. Tuve que arrancarlo todo para que el perro lamiera mis manos, renunciar a todo, dar la vuelta de campana en la pupila de las luciérnagas. Y estar efervescentemente sola cuando vinieran a buscarme las palabras.

Ya no quiero alargar el insomnio en otros brazos. Ni repartir la angustia necrófila entre el vapor de un poema acabado. Prefiero irme con la nada. Sé amar la soledad. Crecer en sus jardines.  Ser libre cuando ninguna mirada me encierra en el prejuicio de un verbo. Tal vez escribiré escombros mientras los extrarradios me muerden la yugular. Y la vehemencia será sólo un alud que derriba el viejo valle del amor. Son tiempos de destrucción, no de recoger ni de alargar. La poesía tardará un tiempo en darme un refugio. Lloraré humedad en esos nidos de barro que empiezan a caer. Será fría la noche. El espanto a veces abrirá mi puño bajo tierra. Y no estarás, no estará nadie. Y así abrirá sus piernas la mar para engendrar el fuego que calienta en medio de la nada. No valdrá la queja. Ni el arrepentirse. No serán mis gatos muertos de hambre en tu tejado. Ni la vieja felicidad abrirá su taberna. Todo cae. Y ha de caer hasta reventar el suelo. La única furia hoy viene de la pasión del naufragio.