Ardidos

Mi lobo estepario siempre lo supo y lo negoció entre sus dientes despedazado de todas las orillas hacia el alzar del fuego en los desmemoriados pasos del furtivo.  No rindió en tus labios su guarida ni supo nunca entregarse. Entonces era mi guerra civil, hoy es mi memoria. Su distancia era insondable y me hacía desangrarme en tu cuerpo desolada de no poder amarte ni de permitirte que me conocieras. Era mi sufrimiento llevar al animal bajo mi pellejo y vagar junto a él tu asesinato que entonces era también el mío. Hoy es su verdad lo que me guía y me sostiene. Abrió la literatura cuando se caía en pedazos la obra y la fe. Cuando yo era una cabaretista que sólo buscaba el fin en una borrachera que volara por los aires el mundo. Cuando tus besos dejaban sosa cáustica en mis colchas. Se mantuvo en pie cuando yo me hundía en narcóticos y promesas de desagüe y orgía. Su pasión siempre hizo una tragedia entre mi amor y la otredad. Hoy vuelvo con él, porque todo lo otro dejó escombros y muertos. Porque nadie supo colmar la luna en su canto. Porque seguía siendo yo la extranjera y la dramaturga del papel de plata y el benceno haciendo canción de cuna a mis bestias y entregándome derramada al filo. Todo siguió los pasos del lobo mientras mis actrices perdían los papeles. Todo empujó a ese monte, mientras mis putas peinaban el lago. Ese ojo cavado de la noche manó hoy las cenizas que embrujan mi guitarra. Las sigo junto a los réquiems enamorada de la espesura del bosque. Me lavo las heridas que nacieron desde los humanos en mi cuaderno de cráteres y grúas.