Ardidos

Siempre he elegido lo que es bueno para la escritura, no para mi suerte, ni mi riqueza. Cuando he quemado un camino lo ha hecho ella desde el grito de sus ahogados, cuando he ido al amor o al jamás lo hizo ella. Y ella hoy quiere que no haya nadie cuando bailo bajo la lluvia. Busca la lágrima del diente de león que dejé en el monte antes de conocerlo. Confía otra vez todas sus armas y canciones a la furia de la soledad. No quiero hombres a mi lado. No quiero el vino de Babilonia. No quiero conceder al exterior el olor de madera quemada ni la pasión del crepúsculo en la cicatriz de la arena. No quiero juntar mis dados a la mesa de nadie. Ni explotar mi qui lo sa en la deriva de otros cuerpos. Acá, aunque mi reino esté lleno de ruinas y difuntos, aunque tenga que irme con él vete a saber dónde, cavaré hacia dentro, buscaré dentro, caminaré dentro. Busco la montaña de los lobos. Busco el vértigo del laberinto del fauno en los crujidos de los tambores de sangre que llueve el cielo cuando cada cuál carga su mástil y su muerte, sin el prejuicio de tener que explicarlo. No quiero hoy el amor de nadie. No necesito que otros ojos en mis ojos desvelen lo que había debajo de mis rocas. No necesito que él me quiera para dejar en paz a la luna.