Ardidos

Soñaba que acabara la pólvora, que bajo las zarpas de los árboles de los muertos, clamaran orillas que recogieran los desechos vueltos besos de alga y tinto en tus precipicios. Y me sedujeran con el viento hacia la inabarcabilidad del mar, llevándote conmigo, canción libertaria sin patria ni muerte. Pero no. Volviste espina que arrancó todos los caminos que me trajeron hasta aquí. Mudé mi piel sobre tu sepulto. Nació un nuevo firmamento desde el beso de tu nada. Se marcharon todas las carreteras sin cruzarte. La pasión que derramé por contenerte en mis ojos abiertos, se cegó cuando todo cayó en el amor de tierras más lejanas que no volverían a lo vivido y nunca seríamos nosotros los que estuvimos allí. Corre demasiado la sombra de la luna para dolerte ni entregarte las rosas de mis difuntas. Hay que partir hacia la medianoche que nos espera sobre los caballos. No te lleves nada de aquello contigo. Deja que se deshaga entre canciones y barrancos. El vapor del vino lo escribirá hacia la humedad de la noche. No me hieras en el templo ni en la ruina. No te arrepientas de la inercia de la bala. No vuelvas con la nostalgia cuando el trago te arrodille ante los perros. El resplandor ya rompió en mil pedazos la vieja partitura. No volvamos nunca más con la sed a la vieja vid. Que sólo hacia delante te encuentre el amor. Y que nuestros muertos no lastren la noche estrellada. Los dos mil veces más lo hubiéramos hecho porque aquella guitarra cruzaba enamorada por la urgencia de matarnos. Y sólo en el cenit de nuestra destrucción el infinito otra vez bailaba las huellas.