Ardidos

Vuelvo a la montaña de ese verano antes de conocerlo y subo el río que amé cuando iba sola y la humanidad era el escupitajo de óleo de un espantapájaros en la esperanza de vida de los mirlos.
Estos años fueron un baile de absenta en la puesta en marcha de un carnaval que jugaba a poseer todas las estrellas. Bebí el cuchillo, el roer del punk junto a las ratas, el exceso del exceso remunerado en la erección de la deriva. Dibujé nubes y sepultos en mi sueño de los dragones. Amordacé lo que aprendí en los manicomios en bailes de ginebra y orgía. Quise ser como tú. Tocar la misma rosa al girar la puerta, llorar la carcoma cuando la lluvia nos desahucia. Quise amarte porque nunca nadie había estado conmigo dentro de la mar. Quise que fueras tú, porque sólo estabas tú. Mi poesía te tomó como si fueras un ejército y el salvaje poseidón. Mi corazón te anidó como si fueras tú lo imposible. Te convertí en un gigante y en el alquimista de mis oscuridades. Pero sólo eras un hombre, sólo un desierto nómada que se llevaba el vino y traía el vino. Que no podía agarrar mis manos ni conocerme. Andrajé la urgencia de la literatura para tenerte. Pero nunca te tuve.  Había escrito demasiado debajo de la tierra. Había abierto mis ojos en los confines de la locura y chocado con el resplandor de lo incognoscible. Había estado sola mil galaxias sin otros ojos que me vieran. Era muy tarde para morarnos sin que el teatro nos separara. Hoy mi miedo es la canica que se te olvidó en mi casa. Mi dolor es la risa que clavaste en el corazón de drácula cuando te pedí que no te acercaras.