Ardidos

Él desapareció cuando las sirenas tiraban los dados para hacernos cebo de la luna. Me importó un chingo porque me extrañaba el sol bajo las sabandijas del lago de papel de plata entre el veneno incendiado de los supervivientes de Comala.
Y no pude ni decepcionarme.
Un rayón de noche rota besó su semen en la guitarra del muerto que andaba buscando un oficio entre mis pasos.
Y no cayó la torre. No perdió nada el amor. No ganó nada la muerte. Ni nos atragantamos con el vino ni con los vómitos de la sombra. 
Los juglares nos dieron madera y llagar. Nos ruló el cielo una puerta trasera asaltada por la piel. Y ninguno de los dos estuvimos cuando el amor cayó en bancarrota.