Ardidos

Empiezo a amar el fracaso que cayó sobre las viejas porcelanas que escribían tus diarios en mis quemaduras cuando rompía el silencio el atardecer de marfil que tu alcohol anegaba en mis comisuras. Comprendo desde la lejanía que estremece los tambores en los surcos de la hoguera que era amante la muerte que vino a por nosotros. Porque me pone en guerra contra el lecho del yo. Y duele porque había invertido lo que robé al sol por tenerlo. Y ahora, desheredado, da patadas hacia la cumbre de la nada por perder el peso de sus venas cosiendo costillas y ruinas al aullido de los gorriones que sobre el cielo de Comala disparan al pintor que osó mirarlos. 
El fracaso es la victoria del mundo invisible. La grieta que conecta con lo eterno del río subterráneo. El baile del Fauno tomándote la cintura desde lo fértil de la muerte. Pero no te dará el ritmo ni su licor, mientras quieras someterlo a quién fuiste. Para ser libre hay que matar al actor y abandonar sus fetiches. Y no se puede hacer sin trozos de nuestra carne. Es el ego el que se niega a renunciar. Es lo que le compraste al diablo que quiere seguir recogiendo sus ganancias. El error fue tuyo. Llevaste al Bosque un objeto robado. Lo usaste para arder y tocar el infinito con los paraísos artificiales. Sus llamas devoraron tus miembros, sus cenizas anegaron tu voz. El guardián del inframundo se lo llevó todo y en el apogeo del naufragio, cuando todo se pierde, se gana el fruto del silencio. Al principio es como una hoz despellejándote todo lo amado y cubriendo con tu sangre toda la tierra. Y es ese el amor del fracaso, retornándote al bosque. Pero hay que atravesar la oscuridad. Quemar el equipaje. Negarle al yo su empresa. Cerrarle el chiringuito. Arrodillarse ante los ojos del topo. Saberse exarcerbadamente vencidos por la osadía de un instinto roto. Tal vez porque entre las cuerdas no alimentamos a la polilla negra, porque la noche era muy profunda y el hambre se sentó en la mesa equivocada y clavaste tus dientes en la errática carroña. Sólo tú te metiste ahí por llevar la vida de un actor en tu contra, secuestrando la tierra de los lobos en nombre de una obra que el guardián del inframundo jamás permitiría quedarse. Por eso es de agradecer cuando ruge el Salvaje Poseidón y convierte en cenizas todos los caminos. La fuerza creadora del fracaso, es un beso de Fauno. Pero hay que saber morir.