Ardidos

Hoy estuve bajo el sauce llorón de ese descampado. Feliz, porque sentí la presencia del espíritu del árbol y entonces mi yo profundo hizo las preguntas correctas. Vinieron desde el interior del árbol que habita en el éter de Alicia, desde el éter de Alicia que habita en el árbol. Y entonces me estremecí y a vista de búho vi mis cadáveres conjugar la fotosíntesis. Y me sentí en casa. Son incursiones todavía muy cortas. Apenas las recuerdo cuando salgo. Son como un sueño difuso en las profundidades del mar. Mi actriz quiere restaurar su viejo orden, añadir todo lo que vi en su guion y modos operandi y seguir llevando mi vida arrastras de su caos y su tragedia. Por eso vuelve la tormenta de la inconsciencia, porque la actriz quiere dominar lo consciente y ella es un prejuicio y un estorbo. Sólo en el bosque la conciencia es cuántica y vive en sincronía con la naturaleza salvaje y ácrata. Mi actriz es muy avariciosa, quiere que todo continúe su épica y ponzoña de su yo-pozo sin fondo. Ella multiplica las emociones para que el teatro la dé la vida y el leitmotiv de su identidad. Aunque ella nunca tuvo rostro. Su ausencia de rostro la hizo vampírica de succionar todo lo que ahí afuera se moviera e hiciera ruido. Ella por dentro es un desierto. Un clavo ardiendo agarrándose a la dialéctica de la materia. Cuando ella llegó a mi vida, lo hizo para darme un armadura contra el fascismo y la incultura que prodigaba el mundo de los humanos a Alicia. Pero poco después, devoró a Alicia, la hizo clandestina y la sumergió en el reino del abajo del abajo y ella tomó el volante y el peso del verbo y de la carne. Luego Alicia hizo su ascenso para trascenderla. Pero la actriz había escrito sus guiones con espadas en mi cuerpo y quería que yo siguiera defendiendo su papel.  Y aunque bajo ciertos resplandores la sé distinguir y observar, muchas veces me hechizan sus cantos de sirena y yo llevo su pellejo, su vino peleón, su llanto de caverna y manubrios de cucaracha, su invertebrada hacienda en mis babas sellándote el lugar donde arde la puerta y se caen todas las casas. A veces es la actriz la que escribe los poemas y llora en tu sepulto la rosa de mi desnutrición. Es ella la que odia, la que maldice, la que separa, la que te culpa, la que me exilia, la que se olvida de Fauno, la que contra la vida exige su palco.