Ardidos

Salir de mi zona de conford donde atormento al verso con mi sombra y mi sangre. Salir de mi cueva atrincherada por mi eco de soledad y de teclas que disgregan el paisaje en el sueño oscuro de mi luna. Atreverme a llevar tus ojos cuando vuelen encima los gorriones. A usar tu piel cuando la lluvia florezca la mandrágora y el invierno abra su manto para abrigar los años que murieron. Sé que tengo miedo a morir fulminada si me toca el sol. A desaparecer como desaparecen las ostras si tú conoces mi nombre. A secarme como el mar de marte si me amas. Como el fuego si no lo haces. A ser alguien a ser sólo ceniza. A que mi escritura no esté allí para evitarlo.

A veces me siento una cavernícola dentro de un pingüino que se ha perdido en un metro y que lleva la salida del túnel en la flor que hay sobre tu sepulto.

Entonces, me da mucho miedo existir sino es dentro de lo que escribo. Las viejas bestias amigas de la esquizofrenia y del salvaje poseidón me atornillan el cerebro de Franskestein en lo que me fumo. Y me escupen un disfraz de vísceras derramadas que hacen que mi vértigo se trague hacia el centro de la tierra y absorba la luz como el agujero negro. Entonces se me clavan todas las espinas y significados y carreteras y respiraciones y espacios y tiempos, en el corazón de madera de mi última actriz y me sale la carne por el abismo y la voz por la carcoma. Y mi viejo yo atormentado del existencialismo, la coraza, el talón de aquiles y la pistola de juguete, sufre una guerra civil, entre su comedia y el hacha homicida. 

Pero tengo que atreverme a salir a la superficie. Allí hay caracoles voladores que bailan al trompetista entre las cuerdas que el cielo tira a los ahogados y trepan por la nariz de Pinocho hasta la sonrisa de algas que Alfonsina escribió en las bibliotecas de la arena. Allí hay gigantes que al estornudar abren la puerta de la cucaracha de Kafka y en un remolino de arcoiris y peces con tres ojos le convierten en la guadaña de Cronos. Allí hay inimaginables cantos que penetran la estatua de sal con el blues de Sodoma y la vuelven guitarra y sangre que hace fértil la tierra devastada.

Sólo necesito que el saltamontes subterráneo coja un trozo de tierra de mi aquí abajo y la lleve conmigo cantándome ahí y la convierta en columpios y batiscafos. Que no me suelte la mano para que no me devore el sol.