Ardidos

Me buscan los desiertos la serpiente encantada de tu callejón.
Tras los truenos que desfiguran tu recuerdo entre las moras y la marihuana de la muerte, espera algo mi corazón y mi fe. Quién sabe qué coño, qué equilibrista de la inexistencia, qué poema de Léolo entre las alcantarillas con las que rompiste la ventana y mi amor.
No será desde ti desde donde se ilumine mi oscuridad.
No será esa puja del verso en tu sepultura.
No serán tus clavos y tu cruz los que definan el cielo.

Acá, sólo eres una herida que usa Fauno para hablarme de las profundidades de la mar.
Detrás de la llaga, no estás tú ni yo sobre tu sexo o canción o cuchillo. Está la mar buscándome más desnuda y cierta.

Tú eres el simbolismo que usa la actriz. Susceptible de la metonimia y barrida del éter. Tú eras sólo del Teatro, amor y tragedia de ella, delirio y secuestro, pasión y muerte. Y aunque mi actriz, tenía casi todos mis litros de sangre, ella sólo era teatro, enamorado, paria e indefenso. Tú sólo tocaste el Teatro, nunca a Loba. Y el Teatro te sufre y me emborracha de literatura. El Teatro llora mi pelo en tu noche. Tu ausencia en mi grito. El Teatro deshoja las margaritas en tu encefalograma plano. Y te duele como al héroe hecho carroña en la Playa de Barcino. Y embruja el vino como sangre de cristo en la espada. Pero yo no soy la actriz. La actriz sólo es el inconsciente de Loba. Sólo es el sueño del Bosque.  

Tú sólo eras el simbolismo tomando por la fuerza mi agujero de éter.
Tú sólo eras una proyección del inconsciente de Loba. Un espejo del esquizoduende. Un sollozo de Dionisio en mis bolas chinas. Un experimento dadá de las brujas. Sólo eras un sueño de mis fantasmas y de mis curvas del extrarradio. Una promesa de amor del falso yo. Una droga más allá del bien y del mal, manipulando los hechos de rodillas en el escenario.