Ardidos

13 de mayo de 2022

 He estado un buen rato haciendo llamadas y mirando anuncios de alquileres, aunque no ha salido nada. Hoy ha sido día un tanto nostálgico, quizás el abrazar los sueños muertos, el darles taconeo, vino y crematorio, ha agitado esas lágrimas de pértiga y carámbano. A veces hay que escribir y vivir bajo la dureza. Y amortiguarse en los naufragios, pillándole el muro del callejón al borracho, a veces deja esas quemarropas de ausencia donde la hendidura hace demasiado espacio y es tanto el hueco que ya no queda entre tú y yo, esa estratosfera que recogió tus escupitajos de brasa y etanol.

Lo que realmente duele y atormenta, es lo que se hizo mudo, lo que quedó arrinconado, los poemas que no pudimos volver a escribir, la belleza que nos estremeció pero no volvió a recordarnos, pero se conserva ese estremecimiento junto a los muertos y el acero, y queremos volver a reír, volver a llorar y pelear y partir, pero no podemos mover ni el agujereado zapato a la basura.  A veces la invisibilidad que se fragua sobre lo que amamos, que nos obliga a fingir que nunca estuvimos aquí, es lo que nos calumnia y nos mata... La memoria de la belleza, es cruel, porque nos desampara y nos alaba hacia la nada, sin haber tenido huellas ni flores en el jardín. Y aunque hubieran llegado hasta la Osa Mayor, los testigos son unos sórdidos y unos sádicos defensores de la materia oscura.